Algunos de los rasgos psicológicos, de comportamiento y de carácter de los niños se fraguan poco a poco en el seno de la familia. La familia es el primer sitio donde el niño aprende a relacionarse con los demás y donde busca su forma de encajar en la sociedad. No todo en la personalidad del niño se puede atribuir a la genética. Mucho viene determinado por el entorno, y aquí la familia tiene un peso decisivo.
La página web del National Institute of Mental Heath publica un artículo muy interesante que titula: “Los niños y la salud mental, ¿es solo una etapa?”. El artículo habla de comportamientos y reacciones de los niños que muchas veces atribuimos a su carácter, a su personalidad; y que otras veces pensamos que es pasajero.
Si un niño es tímido y retraído, damos por hecho que es así, como si fuera una condición genética, como su color de ojos. Puede ser que sea una forma de protegerse de daños que le pudiera causar el entorno o porque tiene baja la autoestima debido a que no recibe la atención o el reconocimiento que necesita.
Del mismo modo, si el niño es muy travieso o desobediente, puede ser que esté reclamando esa atención que no recibe de manera natural.
El niño como el adulto, y aquí nos referimos a los dos géneros, tanto a la mujer como al hombre, no se pueden entender fuera del entorno social en el que se encuentran. El hombre es un ser social por naturaleza. Y el primer ámbito social en el que se relaciona es la familia.
La forma en la que el niño se relaciona con los otros miembros de la familia, y la forma en la que los miembros de la familia se relacionan entre sí, van a determinar en gran medida su personalidad.
El peso de la infancia según Freud.
Para Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, la infancia es la etapa en la que se estructura el inconsciente y se forja la personalidad del adulto. En esa etapa, la relación del niño con sus padres (cuidadores) va a tener un papel determinante en su desarrollo personal. Con independencia de lo de acuerdo, o no, que estemos con los postulados de Freud, este enfoque arroja un punto de vista interesante.
De los 3 a los 6 años, los niños desarrollan los Complejos de Edipo y de Electra. El niño se enamora de la madre y pretende, de manera inconsciente, apartar al padre. De la misma manera, la niña ve a su padre como ideal masculino.
Desde los 6 años hasta la pubertad, el niño intenta reprimir esos impulsos y canalizar su energía hacia el aprendizaje y la socialización. Partiendo de estas tesis de base, AECPNA (Asociación Escuela Clínica de Psicoanálisis en Niños y Adolescentes) afirma que si la persona experimenta un exceso de gratificación o una carencia en esta etapa, puede sufrir una fijación que se va a manifestar en la edad adulta en forma de neurosis, dependencia o rasgos específicos de la personalidad.
En la edad infantil, según esta asociación, los conflictos que viven el niño provienen de enfrentar sus deseos instintivos con las limitaciones de la realidad. Esto le conduce a una situación de represión, que puede ser autoimpuesta en el momento que interioriza las normas, y que le genera ansiedad y mecanismos de defensa.
Este enfoque del psicoanálisis tiene utilidad hoy en día porque permite buscar el conflicto que se encuentra en la raíz de algunos comportamientos de los niños. Causas que los niños suelen expresar de manera lúdica y espontánea a través del juego, de los dibujos o de otros medios de expresión no verbal.
Los trastornos psicológicos y de comportamiento en los niños.
Antes de seguir con este tema, vamos a detenernos en los trastornos de comportamiento más frecuentes en los niños. Para bajarlo a lo concreto. Son estos:
- Agresividad: Se manifiesta mediante golpes, empujones, insultos, amenazas o conductas agresivas hacia otros niños y/o hacia los adultos. Aunque es normal que los niños experimenten enfado ocasionalmente, una agresividad frecuente puede dificultar sus relaciones sociales. Es el caso de los niños que responden pegando a sus compañeros o insultándolos cada vez que pierde un juego.
- Irritabilidad: Es esa tendencia a enfadarse con facilidad ante situaciones cotidianas que no requieren una reacción tan desproporcionada. Son los niños que reaccionan con gritos y enfados cuando, por ejemplo, se le pide que apague la televisión para cenar.
- Desobediencia persistente: Se caracteriza por la negativa frecuente a seguir normas o instrucciones de padres, profesores y otros adultos. El niño ignora sistemáticamente las indicaciones de recoger sus juguetes o de realizar las tareas escolares.
- Rechazo a la autoridad: Va más allá de la simple desobediencia e implica una actitud desafiante hacia figuras de autoridad. Es por ejemplo, el alumno que discute continuamente las normas y cuestiona cualquier decisión del profesor.
- Impulsividad: El niño actúa sin pensar en las consecuencias, lo que puede generar conflicto. Es, por ejemplo, el niño que interrumpe constantemente las conversaciones de los demás.
- Timidez excesiva: Algunos niños muestran una inhibición tan marcada que les cuesta relacionarse con otras personas o participar en actividades de grupo. Un niño que evita hablar en clase incluso cuando conoce perfectamente la respuesta.
- Aislamiento social: Consiste en la tendencia a evitar el contacto con otros niños y preferir estar solo la mayor parte del tiempo. Es el caso de un menor que durante el recreo se mantiene apartado de los demás y rechaza las invitaciones para jugar.
- Baja tolerancia a la frustración: Se observa cuando el niño tiene grandes dificultades para aceptar errores, pérdidas o contratiempos. Puede ser el caso de un niño que tiene tendencia a romper un dibujo o abandonar una actividad porque no le sale bien a la primera.
- Rabietas frecuentes e intensas: Aunque las rabietas son habituales a cierta edad, pueden convertirse en un problema cuando son muy frecuentes y desproporcionadas. Por ejemplo, tirarse al suelo y gritar durante varios minutos cada vez que no obtiene lo que desea.
- Conducta desafiante: Implica una actitud provocadora o de confrontación con las personas de su entorno. Un ejemplo es hacer deliberadamente lo contrario de lo que se le pide para generar una reacción en padres o educadores.
- Dependencia excesiva de los adultos: Algunos niños muestran una necesidad constante de apoyo, aprobación y compañía, incluso en situaciones que podrían afrontar solos. Es el caso de un niño que se niega a participar en actividades escolares porque no están sus padres.
- Mentiras frecuentes: Mentir ocasionalmente forma parte del desarrollo infantil, pero cuando se convierte en un patrón habitual puede indicar dificultades emocionales o de conducta.
- Celos y conductas posesivas: Pueden aparecer especialmente ante hermanos, amigos o compañeros de colegio cuando el niño percibe una pérdida de atención. Estos celos pueden convertirse en patológicos.
- Inseguridad y escasa confianza en sí mismo: Algunos niños dudan constantemente de sus capacidades y evitan nuevos retos por miedo al fracaso. Una manifestación de esto son los niños que rechazan participar en una actividad deportiva porque están convencidos de que lo harán peor que los demás.
No nos queremos detener en la depresión, ni en la ansiedad, ni el TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad). Estas son reacciones que puede tener cualquier niño en un momento determinado, pero que se pueden convertir en preocupantes si pasan a ser patrones habituales de comportamiento.
Ver la familia como un todo.
Algunos de estos patrones de comportamiento tienen su base en las relaciones que se establecen en la familia. Al mismo tiempo, pueden afectar la convivencia familiar.
En estos casos no es adecuado cargar toda la responsabilidad en el niño. Puede haber un problema de fondo que no se ha resuelto o que la manera en la que intenta resolver, lo que está haciendo es que se enquiste.
Los psicólogos de Teraparte, un centro de psicología de Alcalá de Henares (Madrid), que entre los tratamientos que imparten se encuentran las terapias de familia, indican en su página web que la familia hay que entenderla como una unidad, no como una suma de individuos. Es una entidad en sí misma, con una dinámica y con unas pautas propias.
Por lo general, en las familias donde hay problemas de este tipo, suele haber una falta de comunicación. Los padres no expresan con claridad lo que quieren de sus hijos y los hijos no manifiestan como se sienten. También se pueden dar relaciones injustas entre otros miembros de la familia que influyen en un tercero. El caso es que hay un conflicto subyacente que explosiona por las vías que encuentra disponibles.
En las terapias de familia no se busca juzgar a nadie. No se pretende encontrar un culpable y una víctima. Si no entender la dinámica del funcionamiento de la familia y generar cambios que beneficien a sus miembros.
Los problemas familiares que afectan a la salud psicológica de los niños.
Hemos hablado de la falta de comunicación dentro de la familia, pero se pueden dar otras condiciones que afectan a la psicología del niño. Son estas:
- Situaciones de abuso familiar: Pueden darse diferentes formas de maltrato, ya sean físicas, emocionales o sexuales. Las personas afectadas suelen vivir en un entorno marcado por el miedo, la inseguridad y la falta de apoyo, lo que puede provocar importantes secuelas que pueden perdurar en el tiempo.
- Participación de los hijos en los conflictos de los adultos: Es frecuente que los padres involucren a sus hijos en problemas que deberían resolver ellos. Generalmente, problemas de pareja. En algunos casos, los menores son presionados para posicionarse a favor de uno de los padres, lo que les genera estrés, culpa y confusión emocional.
- Falta de normas y estructura familiar: Cuando no existen reglas claras ni límites, la convivencia se vuelve difícil. La ausencia de pautas de comportamiento, de establecer con claridad el lugar que ocupan los padres, puede generar desorganización, conflictos frecuentes y dificultades para que los miembros de la familia asuman sus responsabilidades.
- Conflictos constantes entre los padres: Se dan en aquellas familias donde las discusiones son habituales y se suelen resolver de una forma poco civilizada. Los desacuerdos pueden derivar en gritos, insultos o comportamientos agresivos que crean un ambiente de tensión permanente en el hogar.
- Negligencia por parte de los padres: Sucede cuando algunos padres no pueden atender sus responsabilidades familiares debido a problemas personales, adicciones o trastornos de salud mental. Como consecuencia, los hijos pueden verse obligados a asumir tareas y responsabilidades propias de los adultos a una edad temprana.
- Ausencia emocional de uno de los padres: Aunque estén físicamente presentes, algunos padres o madres apenas participan en la educación y cuidado de sus hijos. Lo que puede generar en el niño sentimientos de abandono, carencias afectivas y dificultades para relacionarse.
Cómo resolverlo.
Hay casos en los que estas situaciones se escapan de las manos, y la familia no tiene herramientas para poder resolverlas. En estos casos, es recomendable buscar ayuda profesional. La revista Top Doctors indica que existen diferentes alternativas y que algunas de ellas se pueden combinar.
Una de las más utilizadas son las terapias familiares. Ya las hemos mencionado en el artículo. En ellas se abordan los patrones con los que interaccionan entre sí los miembros de la familia y se intentan modificarlos o cambiarlos por otros.
En las escuelas de padres, otra de las opciones, se imparten sesiones colectivas donde los participantes comparten sus experiencias y se aportan herramientas para la resolución de los problemas. Por ejemplo, se pueden trabajar técnicas para gestionar los episodios de rabia, fomentar los refuerzos positivos a los niños o establecer rutinas.
Para los niños también se suelen aplicar terapias cognitivos-conductuales, donde los pequeños aprenden a identificar sus pensamientos negativos y a enfocar la energía hacia otro lado. Esto se hace con la participación de los padres.
Con cualquiera de las opciones es importante que los padres asuman que cumplen un papel importante en la salud psicológica de sus hijos.