El auge de las bebidas energéticas: efectos que van mucho más allá de la cafeína

Las bebidas energéticas llevan dos décadas creciendo sin parar. Lo que empezó siendo un nicho de mercado orientado a estudiantes en época de exámenes y deportistas en busca de un empujón extra se ha convertido en uno de los segmentos de bebidas de mayor crecimiento mundial, con un consumo que en España ha aumentado de manera sostenida año tras año y que entre los menores de treinta años alcanza proporciones que comienzan a señalarse como algo verdaderamente preocupante.

El problema no es la cafeína, o no es solo la cafeína. El problema es la combinación de ingredientes, las cantidades en que se consumen, la frecuencia con que se toman y la falsa percepción de que, al venderse en el mismo lineal que los refrescos y sin receta médica, son productos con un perfil de riesgo comparable al de un refresco de naranja. No lo son.

Qué hay dentro de una lata

 

La composición de las bebidas energéticas varía según la marca, pero la mayoría comparte un núcleo de ingredientes que conviene conocer antes de hablar de sus efectos.

La cafeína es el ingrediente más conocido y el más estudiado. Una lata estándar de 250 mililitros contiene entre 80 y 150 miligramos de cafeína, lo que equivale aproximadamente a una o dos tazas de café. Hasta aquí, nada que un consumidor habitual de café no maneje con normalidad. El problema empieza cuando se consumen dos o tres latas seguidas, cuando se mezclan con otras fuentes de cafeína como el café o el té, o cuando las consumen personas especialmente sensibles a sus efectos como adolescentes, embarazadas o personas con enfermedades cardiovasculares.

La taurina es el segundo ingrediente más frecuente. Es un aminoácido que el cuerpo produce de manera natural y que se encuentra en alimentos como la carne y el pescado. En las bebidas energéticas aparece en concentraciones de entre 1.000 y 2.000 miligramos por lata, muy por encima de lo que se consume habitualmente a través de la dieta. Su función exacta en estas bebidas sigue siendo objeto de debate científico, aunque algunos estudios sugieren que puede potenciar los efectos de la cafeína sobre el sistema cardiovascular.

El azúcar es el tercer componente crítico, y el que más frecuentemente se subestima. Una lata estándar puede contener entre 25 y 35 gramos de azúcar, equivalente a entre seis y nueve terrones. Las versiones «sin azúcar» sustituyen el azúcar por edulcorantes artificiales, lo que elimina las calorías, pero no necesariamente los efectos sobre la microbiota intestinal y los mecanismos de regulación del apetito que los investigadores están empezando a documentar.

Las vitaminas del grupo B, el ginseng, el guaraná, la L-carnitina y otros extractos vegetales completan una lista de ingredientes que las marcas presentan como sinérgicos y potenciadores pero cuya interacción en el organismo, especialmente en combinación con cafeína y azúcar, no siempre ha sido estudiada de manera exhaustiva.

El sistema cardiovascular: el riesgo más serio

 

Los efectos de las bebidas energéticas sobre el sistema cardiovascular son los más documentados en la literatura científica y los que han generado mayor número de casos clínicos relevantes en urgencias hospitalarias de todo el mundo.

La cafeína en dosis elevadas produce un aumento de la frecuencia cardíaca y de la presión arterial que en personas sanas y con consumo moderado no suele tener consecuencias clínicas significativas. El problema aparece cuando las dosis son altas, cuando hay una predisposición genética que el consumidor desconoce, o cuando las bebidas energéticas se consumen en combinación con alcohol, una práctica especialmente extendida entre los jóvenes que tiene efectos especialmente peligrosos.

La mezcla de bebidas energéticas con alcohol es particularmente problemática porque los efectos estimulantes de la cafeína enmascaran la sensación de embriaguez, llevando a las personas a consumir más alcohol del que consumirían sin el estimulante y a tener una percepción errónea de su capacidad para conducir o para tomar decisiones. Al mismo tiempo, la combinación produce una carga sobre el sistema cardiovascular que puede ser peligrosa especialmente en personas jóvenes con cardiopatías no diagnosticadas.

Los casos de arritmias, taquicardias, hipertensión aguda e incluso paradas cardíacas asociadas al consumo de bebidas energéticas están suficientemente documentados en la literatura médica como para que las autoridades sanitarias de varios países hayan establecido restricciones a su venta a menores de dieciséis o dieciocho años. En España, la regulación en este ámbito sigue siendo más laxa que en muchos países europeos.

El sistema nervioso: ansiedad, insomnio y dependencia

 

La cafeína actúa sobre el sistema nervioso central bloqueando los receptores de adenosina, una sustancia que el cerebro produce para inducir la somnolencia. Al bloquear esos receptores, la cafeína produce una sensación de alerta y energía que es precisamente la que buscan sus consumidores. El problema es que esa sensación es temporal y que cuando el efecto desaparece, la fatiga acumulada y que ha estado siendo bloqueada aparece de golpe, con frecuencia más intensa que antes del consumo.

Este ciclo de estimulación y bajada es especialmente problemático para los adolescentes, cuyo sistema nervioso está todavía en desarrollo y que son más susceptibles tanto a los efectos estimulantes de la cafeína como a sus efectos sobre el sueño. El consumo de bebidas energéticas en las horas de tarde o noche interfiere directamente con la calidad del sueño, y la privación de sueño en adolescentes tiene consecuencias documentadas sobre el rendimiento académico, el estado de ánimo, la salud mental y el desarrollo neurológico.

La ansiedad es otro efecto frecuente del consumo elevado de cafeína que muchos consumidores no asocian con las bebidas energéticas. Las palpitaciones, la sensación de nerviosismo, la dificultad para concentrarse y los episodios de ansiedad que aparecen después de consumir varias latas seguidas son síntomas de una sobredosis relativa de cafeína que se confunden frecuentemente con estrés o con características personales del consumidor.

La dependencia es el tercer efecto sobre el sistema nervioso que merece atención. El consumo regular de cafeína genera adaptación en el cerebro: los receptores de adenosina aumentan en número para compensar el bloqueo crónico, lo que significa que se necesita cada vez más cafeína para obtener el mismo efecto estimulante y que la interrupción del consumo produce síntomas de abstinencia reales: dolor de cabeza, fatiga, irritabilidad y dificultad para concentrarse que pueden durar varios días.

Los dientes: un daño silencioso que avanza sin avisar

 

La combinación de alta acidez y alto contenido en azúcar crea las condiciones perfectas para dos de los problemas dentales más frecuentes: la erosión del esmalte y la caries.

La erosión ácida del esmalte es un proceso irreversible. El esmalte dental, la capa externa y más dura del diente, se disuelve progresivamente en contacto con ácidos, y el pH de las bebidas energéticas es suficientemente bajo para iniciar ese proceso de disolución con cada exposición. El problema es especialmente grave cuando el consumo es frecuente a lo largo del día, cuando se beben lentamente durante periodos prolongados, y cuando después del consumo se cepillan los dientes inmediatamente, ya que el esmalte ablandado por el ácido es más vulnerable a la abrasión mecánica.

El azúcar, por su parte, alimenta a las bacterias orales que producen los ácidos responsables de la caries. La combinación de azúcar y acidez propia de las bebidas energéticas tiene un efecto sobre el esmalte dental que supera al de la mayoría de los refrescos convencionales.

Los expertos de la Clínica Dental El Bosque, señalan que, en general, todos los problemas dentales son progresivos, y sin atacar la causa subyacente el problema empeorará con el tiempo. Esto hace que cuanto más temprano se haga el diagnóstico clínico, más sencillo será el tratamiento. Dado que muchos de los problemas dentales ocasionados por las bebidas energéticas son asintomáticos en sus fases tempranas, se pueden dar sin que los pacientes sean conscientes de ello.

Esta característica es especialmente relevante en el caso de la erosión ácida: el desgaste del esmalte no duele en sus fases iniciales, no produce síntomas evidentes hasta que el daño está ya muy avanzado, y para cuando el paciente nota sensibilidad o cambios visibles en sus dientes, el esmalte perdido no se puede recuperar.

Los adolescentes y jóvenes adultos que consumen bebidas energéticas de manera habitual raramente asocian esa práctica con sus problemas dentales, en parte porque la erosión es un proceso gradual y en parte porque los síntomas iniciales son sutiles. La sensibilidad dental al frío o al calor, el cambio de coloración de los dientes hacia tonos más amarillentos a medida que la capa de esmalte se adelgaza y el esmalte más oscuro queda expuesto, y la textura ligeramente diferente del esmalte erosionado son señales de alerta que conviene conocer.

El sistema digestivo y metabólico

 

El contenido de azúcar de las bebidas energéticas convencionales tiene efectos sobre el metabolismo que van más allá de las calorías. El azúcar en forma líquida se absorbe más rápidamente que el azúcar de los alimentos sólidos, produciendo picos de glucosa en sangre seguidos de bajadas que contribuyen a los ciclos de hambre y fatiga que muchos consumidores habituales de estas bebidas experimentan sin identificar su causa.

El consumo frecuente de azúcar en estas cantidades está asociado a largo plazo con mayor riesgo de resistencia a la insulina, síndrome metabólico y diabetes tipo 2, especialmente cuando se combina con otros hábitos dietéticos poco saludables que frecuentemente acompañan al consumo habitual de bebidas energéticas. La acidez de estas bebidas, con pH que en muchas marcas se sitúa entre 2,9 y 3,4, tiene efectos directos sobre el esmalte dental que merecen un apartado propio.

Los menores: el grupo más vulnerable

 

Las preocupaciones sobre el consumo de bebidas energéticas son especialmente intensas cuando se trata de menores de edad, y hay razones fisiológicas claras para esa preocupación diferenciada.

El cerebro adolescente está en pleno desarrollo hasta aproximadamente los veinticinco años. La cafeína en dosis elevadas interfiere con ese desarrollo de maneras que los investigadores están empezando a documentar: efectos sobre la maduración de los sistemas de control de impulsos, sobre los patrones de sueño que son críticos para la consolidación del aprendizaje, y sobre los sistemas de recompensa que modulan el riesgo de desarrollar otras dependencias.

El contexto en que los menores consumen estas bebidas con más frecuencia agrava el problema: durante los exámenes, cuando la privación de sueño ya es un factor, y en contextos de ocio nocturno donde la mezcla con alcohol es habitual. En ambos casos, el consumo se produce precisamente cuando el organismo es más vulnerable a sus efectos.

El peligro nunca aparecerá en su marketing

 

Las marcas de bebidas energéticas han construido su imagen sobre la asociación con el deporte de élite, los deportes de aventura, los videojuegos competitivos y la cultura del rendimiento extremo. Sus patrocinios, que incluyen equipos de Fórmula 1, eventos de deportes extremos y torneos, proyectan una imagen de energía, juventud y capacidad de superar límites que conecta directamente con las aspiraciones de su público objetivo.

Lo que ese marketing no dice es que la mayoría de los deportistas de élite que patrocinan estas marcas no las consumen como parte de su preparación física, que los estudios sobre rendimiento deportivo y cafeína muestran que las dosis efectivas son significativamente menores que las que contienen las bebidas más populares, y que la hidratación con agua es significativamente más eficaz que cualquier bebida energética para el rendimiento deportivo en la mayoría de los contextos.

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria estableció en 400 miligramos diarios la ingesta segura de cafeína para adultos sanos, y en 200 miligramos para mujeres embarazadas. Dos o tres latas de bebida energética al día pueden superar fácilmente esos límites, especialmente si se combinan con otras fuentes de cafeína habituales como el café o el té.

Cómo reducir los riesgos si se consumen

 

La forma más eficaz de evitar los efectos negativos de las bebidas energéticas sigue siendo moderar su consumo. No existe ninguna pauta que elimine por completo los riesgos asociados a su elevado contenido en cafeína, azúcar y otros estimulantes, pero sí hay algunas recomendaciones que pueden ayudar a reducirlos.

Una de ellas es evitar consumir varias bebidas energéticas en un mismo día o combinarlas con otras fuentes importantes de cafeína, como el café, determinados refrescos o algunos suplementos deportivos. También desaconseja tomarlas junto con alcohol, una mezcla que puede enmascarar la sensación de embriaguez y favorecer conductas de riesgo al hacer que la persona se sienta menos cansada de lo que realmente está.

Otro aspecto importante es el momento del consumo. Ingerir estas bebidas durante la tarde o la noche puede alterar el sueño incluso varias horas después, especialmente en personas sensibles a la cafeína. A corto plazo esto puede traducirse en dificultad para conciliar el sueño o descansar adecuadamente, mientras que, a largo plazo, el descanso insuficiente puede terminar afectando al rendimiento físico y mental.

En cualquier caso, la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que su consumo sea muy ocasional y que se evite especialmente en niños, mujeres embarazadas y personas con determinadas patologías cardiovasculares. Dormir las horas necesarias, mantener una alimentación equilibrada, hidratarse correctamente y realizar actividad física de forma regular siguen siendo las estrategias con mayor respaldo científico para mantener los niveles de energía a lo largo del día.

 

¡No te pierdas las redes sociales!

Facebook
Reddit
LinkedIn

Mas comentados